Sobibor

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Olor a exterminio

En el campo de exterminio de Sobibor tuvo lugar la mayor huida de presos de un campo de concentración nazi en la Segunda Guerra Mundial, éste se creó en 1942.

Sobibor es también el nombre de la aldea junto a la que fue construido en la actual frontera de Polonia en el Este. Es un área de 400m2 x 600m2, rodeada de alambres de espinos y entrelazada con ramas de pino para impedir su vista desde el exterior, alrededor del campo se encontraban varias áreas minadas, puestas así para evitar que los prisioneros salieran.

El interior estaba compuesto por tres áreas principales: administración, recepción y exterminio, con torres de vigilancia en cada esquina. Para los prisioneros que llegaban del Occidente, sus arribos eran en trenes de pasajeros y generalmente bien vestidos. Ellos tenían la idea de ser restablecidos en el Este, eran ayudados a bajar por presos con uniformes azules y despojados gentilmente de sus posesiones.

Si los prisioneros venían del Oriente, descendían de trenes de ganado, atestados de gente, en medio de gritos y golpes en condiciones decadentes.

EL MÉTODO

Una vez en Sobibor se separaba a la gente en dos filas, de un lado los hombres y jóvenes y del otro las mujeres, niños y ancianos. A los incapacitados se les separaba para llevarles a un hospital, cuando en realidad eran fusilados inmediatamente.

Si el campamento necesitaba nuevos trabajadores, un guardia gritaba entre las filas de recién llegados, para conseguir sastres, costureras, herreros, etc.

Los grupos de mujeres y niños eran llevados por los campos donde podían ver casas con jardines de flores; incluso una capilla que servía para engañarlos y hacerles creer que estaban seguros. Antes de llegar al campo dos, se les ordenaba dejar sus cosas y despojarse de la ropa porque iban a ser “desinfectados”. Se les decía también que iban a ser llevados a trabajar a Ucrania y que la desinfección servía para prevenir enfermedades. Antes de entrar al campo tres, a las mujeres se les cortaba el cabello.

Las víctimas llegaban a un gran edificio con tres puertas separadas, cada una de estas puertas tenía espacio para alrededor de 180 personas. Cuando las puertas se cerraban, un oficial SS arrancaba un motor de 200 caballos que estaba conectado con unas mangueras hacia los edificios que eran inundados con monóxido de carbono, ahogando así a los prisioneros.

Por otro lado, los judíos seleccionados para trabajar eran llevados al campo uno, para registrarlos y distribuirlos a los diferentes talleres donde trabajarían. La mayoría de los nuevos prisioneros no sabían que estaban en un campo de exterminio y al darse cuenta era común que se suicidaran.

EL ESCAPE

Un día, un vagón con judíos que venían de otro campo de exterminio llegó. Eran trabajadores de los campos, al igual que ellos, y en vez de dejarlos bajar y establecerlos, fueron fusilados dentro de los vagones. Mientras los prisioneros revisaban sus cosas encontraron una nota donde se explicaba que ellos (los prisioneros asesinados) también habían trabajado en un campo de concentración y que se les había dicho iba a ser trasladados a otro, pero en realidad la SS planeaba asesinarlos, al final de la carta se les advertía que los trabajadores de Sobibor, serían los siguientes.

Leon Feldhendler, quien era respetado por el resto de los prisioneros por haber sido el representante del Jundenrat del Ghetto de Zolkiewka, fue quien decidió que, habiendo presenciado escapes anteriores y sus terribles consecuencias, si debían escapar, tendrían que hacerlo todos los 600 prisioneros juntos.Pero para llevar a cabo un plan como ese se necesitaba de alguien con algún tipo de conocimiento militar, con el cual no se contaba en ese momento.

El 18 de septiembre de 1943, Alexander Aronovich Pechersky, teniente del ejército ruso y 2000 judíos de Minsk, incluyendo a 100 prisioneros de guerra judíos, fueron enviados al campo de exterminio de Sobibor llegando el 23 de septiembre.

Ochenta prisioneros de tren resultaron elegidos para trabajar en el campo y los otros 1,920 judíos restantes fueron llevados a las cámaras de gas.

Tanto Pechersky apodado “Sasha” y su amigo Shlomo Leitman, sostuvieron una reunión con Feldhendler días después de su llegada, donde Feldhendler les contó la situación. En ese encuentro ambos idearon un plan de escape.

El primer intento fue un túnel que se excavaría desde el taller de carpintería y que además libraría el cerco más allá de las minas; sin embargo, las fuertes lluvias que tuvieron lugar esa temporada los hicieron desistir.

Entonces el siguiente plan fue puesto en marcha. “Sasha” ordenó a los trabajadores de los talleres la preparación de armas manufacturadas, cuchillos hachas, etc. Se decidió que el 13 de octubre sería el día de la rebelión. Sin embargo, casualmente un grupo de soldados provenientes de otro campo de trabajo llegó ese día. Con esos refuerzos sería imposible escapar, por lo que se reprogramó el escape para el día siguiente.

EL TODO POR EL TODO

El plan consistía en atraer a los mandos a los talleres con la excusa de recoger objetos que habían mandado fabricar, probarse ropas, joyas, etc. En ese momento uno de los hombres de “Sasha” estaría escondido en el taller y los mataría por la espalda. Por otra parte, se cortarían las líneas telefónicas y se robarían las armas del almacén, así como pinzas para romper las rejas de espinos y aprovechar el amparo de la oscuridad para huir.

Pero la rebelión se descubrió cuando un oficial encontró el cuerpo de Kurt Beckman y tocó la alarma.

A las 17:10 horas, los presos se reunieron con “Sasha” en el centro de la plaza y éste les gritó el anuncio de la rebelión, todos empezaron a correr hacia las puertas y cerca del campo. La fuerte presión de la gente sobre las vallas de alambre hizo que estas terminaran por ceder, todo esto, mientras soldados de la SS disparaban con ametralladoras hacia los prisioneros.

Sólo 400 de los 600 judíos lograron salir de entre lluvias de balas, empujones y granadas terrestres sobreviviendo finalmente 200 prisioneros.

En cuatro días siguientes a la fuga 100 de los fugitivos fueron capturados y fusilados, el resto pudo huir y ocultarse, aunque la mayoría fueron ejecutados posteriormente o se aliaron  con otros levantamientos armados.

Al final de la guerra sólo entre 50 ó 70 de los fugitivos sobrevivieron, un número que algunos historiadores consideran como elevado ya que hubieran muerto todos de continuar en el campo.

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