Chilango

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Por: Luis Pérez-Benítez

Chilango es para todos nosotros un “defeño” o un “capitalino”. Incluso, hasta la Real Academia Española tiene como definición de Chilango “Natural de la Ciudad de México” o del entonces Distrito Federal, “perteneciente o relativo a esa zona metropolitana”. El Diccionario del Español Usual en México dice que “Chilango es la persona originaria de la ciudad de México, citadina, que pertenece a esa ciudad o se relaciona con ella”.

Esta palabra tan comúnmente usada proviene del vocablo xilango y a su vez del maya xilaan, que es un adjetivo que se aplica a las personas de pelo chino o encrespado. Originalmente, en el Estado de Veracruz se le decía xilango al habitante del interior, en especial al “pelado de México”, según explica Francisco J. Santamarina en su Diccionario de Mexicanismos. Es decir, a quien pertenecía a la baja estofa o clase capitalina, conocida como “chusma”. Esta última palabra ampliamente difundida por el desaparecido y muy querido y recordado Roberto Bolaños en su chistoso personaje del programa El Chavo del Ocho.

El vocablo “Chilango” pasó de Veracruz a otras partes de la República Mexicana para designar en forma peyorativa a los capitalinos que pensaban que por el solo hecho de vivir en la capital creían saberlo y tenerlo todo. Sin embargo, el término, aunque común, no deja de ser interesante, ya que por un lado se usa despectivamente, como cuando la gente dice “¡Cómo son neuróticos los Chilangos!” o “¡Es la típica actitud Chilanga de manejar!”, cuando alguien se estaciona en segunda fila o alguien nos “agandalla” un lugar del estacionamiento, habiéndolo estado esperando pacientemente por varios minutos.

Peor aun cuando el vocablo se utiliza en frases como las preferidas alguna vez por los regiomontanos, conocidos por los Chilangos como ´´Regios´´ y hasta por los yucatecos cuando decían “¡Haz patria y mata un Chilango!”. Por otro lado, también la palabra Chilango es un epíteto que los propios capitalinos nos hemos adjudicado para expresar nuestro orgullo y distinción al decir “¡Soy Chilango y a mucha honra!”, o “¡Si en este País todos fuéramos Chilangos, otro gallo nos cantaría!” Por lo anterior, es innegable que la palabra Chilango ha tomado personalidad propia y del vocablo maya original ya muy poco queda, si no es que nada.

A propósito, ahí les va un chiste de Chilangos: ¿En qué se parecen un Chilango buena onda y Santa Claus? ¡En que ninguno de los dos existe! Y que conste que también yo soy Chilango y tengo el pelo chino. Hasta pronto.

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