El Terror de Dar a Luz

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Nada ni nadie te puede preparar para el suceso más importante de tu vida; repito, nada ni nadie.

Quiero platicarles un poco de mi experiencia. Yo en lo personal  tenía un PÁ-NI-CO a dar a luz. Crecí escuchando historias de verdadero terror de tías, amiga y maestras que se convirtieron en cicatrices profundas en mi memoria. Que si la anestesia deja de hacer efecto, que si me cortaron, que si me cosieron, he incluso a quienes les había ido tan mal que sólo se quedaron con un hijo(a). Y yo, siendo “la persona con el umbral del dolor más bajo del mundo”, pues  sentía mucho miedo de tener hijos. Inclusive hace unos años tuve una cirugía estética y en mi recuperación le dije a mi esposo que no quería tener hijos (jajaja).

Al paso de los meses olvidé el dolor y ¡claro que iba a querer ser madre! Pero en el momento que supe que estaba embarazada, mi primer miedo fue pensar en dar a luz. Leí mucho sobre el tema y vi muchísimos videos, en el que tomé la decisión de optar por un parto natural.

Me encantaba la idea de un parto natural y en agua, pero ¿cómo me sentiría sin anestesia? Pues no tuve que leer ni prepararme para ese escenario ya que mi esposo no me apoyaba en esa decisión y gran parte de lo que me gustaba del parto en agua era la participación de tu pareja. Si mi esposo no iba a estar cien por ciento convencido con mi decisión, pues no iba a tener el resultado que yo quería.

La segunda opción era un parto natural en el hospital sin anestesia (así lo imaginaba),  pero tener la opción de que si en ese momento me dolía demasiado,  me podrían asistir con anestesia. Inclusive cuando fuimos a las clases que ofrece el hospital, hice muchas preguntas sobre el tema porque no todos los hospitales son iguales. Pregunté hasta “cuándo era ya muy tarde para ponerme la epidural” y si “me permitían dar a luz en otra posición que no fuera acostada”. Básicamente me dijeron que cuando es muy tarde es cuando ya estás coronando, y ya en ese momento no hay vuelta atrás. No era que estaba negada a la idea de la epidural, pero era lo que más miedo me daba.

Siempre recordaba la manera en que se me explicó de niña lo que era una epidural y me imaginaba una aguja gigante que no quería tener cerca de mí.

El consuelo que tenía era que me decían que sería tanto el dolor de las contracciones, que ni iba a sentir el piquete. 

Yo jamás contemplé la idea de una cesárea, porque mil veces escuché que la mamá se recupera más pronto de parto natural y que es mejor para un bebé nacer por el canal vaginal.

Cual va siendo mi sorpresa: mi hija nunca se acomodó boca abajo y tuvieron que hacerme una cesárea.

Mi corazón se apachurró un poco ya que hice todo lo que me dijeron para intentar que se volteara (¡hasta gateé!).  Pero bueno, como dicen: “el hombre propone, pero Dios dispone”. Yo estaba más que lista para conocer a mi bebé que a la mera hora el terror se hizo NADA. Mi “consuelo” de no sentir la aguja en mi espalda se esfumó ya que yo no iba a tener contracciones, pero gracias a Dios mi ilusión era más grande que mis miedos.

No les voy a mentir, lloré mucho por los nervios y la emoción pero tuve un anestesista y unas enfermeras muy buenos que me animaron con sus palabras y que me explicaban lo que iba a pasar. Quiero decirles que esa gran aguja no se siente como tal, sólo se siente como si alguien te estuviera presionando con su dedo. ¡¡¡Es todo!!! Y por favor corran la voz para que si alguna mamá anda por ahí con miedo, que no lo tenga. Nuestro cuerpo está hecho para eso, y si yo pude, ¡tú puedes! 

Por Brenda Zepeda de Vallejo

Fashion designer & Mom

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