La Otra Conquista

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En el año 1521, cae la gran ciudad de Tenochtitlan, iniciando así la conquista del continente americano por parte de los españoles.

Cuando un pueblo domina a otro, lo primero que imponen los vencedores es el idioma y la religión. México no fue la excepción. Se ha hablado mucho de  las consecuencias tanto positivas como negativas del dominio español; del mestizaje cultural que surgió del intercambio de productos, costumbres y tradiciones dando paso a un sincretismo cultural. Pero ¿Qué hay de la otra conquista, la religiosa?

Dos años después de la caída de Tenochtitlan, en 1523, por solicitud de Hernán Cortés a la Corona española, llegan a tierra americana 12 frailes de la orden de San Francisco de Asís, posteriormente arriban los dominicos, los agustinos y por último los jesuitas.

Para la dominación española, la religión juega un papel muy importante en el sometimiento de los pueblos mesoamericanos.

Los conquistadores quedaron sorprendidos de las costumbres religiosas que  practicaban los naturales de América, por lo que decidieron cristianizarlos.

Los frailes, pusieron en práctica diferentes métodos para evangelizar a los nativos. Algunos pensaban que simplemente con destruir todo vestigio de la religión practicada, prohibir los rituales y castigar a quien se sorprendiera intentándolo, sería suficiente. Otros estaban convencidos que mediante la  práctica y el ejemplo, se podía convencer a los indígenas de convertirse a la nueva doctrina católica y para lograrlo deberían conocer la lengua y costumbres de cada pueblo tratando a las personas en forma humanitaria.

Estas diferencias crearon conflicto entre el clero regular y el clero secular, pues mientras el primero realizaba una labor evangelizadora intentando incluir dentro de la enseñanza cristiana algunas de las costumbres de los indios, así como instruirlos en  nuevas técnicas de trabajo y arte, protegerlos y educarlos, el clero secular insistía en que los naturales no eran seres humanos, sino estaban más cercanos a ser animales.

Las órdenes mendicantes, se distinguieron entre los indígenas por su pobreza y humildad.  Iniciaron numerosas construcciones de conjuntos conventuales, como los claustros, que eran recintos destinados para las actividades comunitarias de los frailes, mientras que los templos y los atrios eran escenarios donde los indios recibían la doctrina y se familiarizaban con los rituales de la misa.

Los conventos, además de ser centros de adoctrinamiento, fueron escuelas de artes y oficios, en los cuales los naturales aprendieron técnicas de pintura y escultura, para satisfacer la demanda de imágenes religiosas comunes en la liturgia católica.

Entre las estrategias para evangelizar a los habitantes del recién conquistado continente, destacan las de imágenes de santos y vírgenes. Dentro de éstas, ponían la imagen de algún  dios prehispánico, asegurándoles a los indígenas que al que verdaderamente le estaban rindiendo homenaje era a su dios, y no al santo o virgen representados.

Muchos indios se negaban a aceptar la religión católica, no era posible que de golpe olvidaran las creencias y ritos que por miles de años se habían difundido de generación en generación. Los misioneros se sintieron horrorizados y despreciaron las religiones prehispánicas, pues para su manera de pensar, el diablo había tergiversado la vida y la fe de los indígenas. Se satanizaron los dioses, ritos y mitos americanos, ocasionando la destrucción de templos e imágenes antiguas, la quema de códices y la imposición del credo cristiano incluso mediante la violencia.

Fue en la segunda mitad del siglo XVI, cuando surge entre el clero secular la inquietud por reforzar las creencias recién adoptadas por los indígenas, pues se dieron cuenta de que muchos seguían aferrados a sus dogmas ancestrales y otros practicaban un cristianismo mezclado con creencias antiguas. Fue por ese tiempo en que proliferaron las leyendas de apariciones, sobre todo de vírgenes y en el lugar de la supuesta aparición, se fundaron templos cristianos sobre los centros ceremoniales prehispánicos. Fue el mismo Alonso de Montúfar, segundo arzobispo de México, que en 1555, arraiga el culto a la virgen María con el nombre de Guadalupe, en el templo del Tepeyac, antiguo santuario prehispánico, dedicado a la diosa Tonantzin,  llamada “Nuestra Madre”, símbolo de las fuerzas femeninas de la fertilidad.

A finales de ese siglo, la Iglesia Católica, ordenaba la vida de los habitantes de la Nueva España. La mayoría de los indígenas ya habían sido convertidos y si bien, el trabajo de evangelización total no había abarcado a toda la población indígena, sí se cerraba un capítulo muy importante de su actuación en la Nueva España, sentando las bases del catolicismo tan fuertemente arraigado que aún prevalece en nuestros días.

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